La incomodidad de un viejo y disparejo puff lo empujó hacia la estantería donde, por puro azar, el destino le regaló una profecía nada grata.
Un libro pequeño que podría caber en el bolsillo de su camisa, se abrió casi solo en la página 29, titulada como «una ridícula forma de morir».
Habiendo leído medio párrafo, bufó tan fuerte que una fina lluvia de saliva empapó las páginas. Cerró el pequeño libro sin temer que la tinta se diluyera con su saliva y se fue a dormir a un colchón evidentemente más cómodo.
Al día siguiente mientras desayunaba una arepa bastante tiesa, bebió un poco de su chocolate. Tan caliente estaba, que lo tomó de a poco, absorbiendo igual cantidad de aire que de líquido.
El famoso viejo camino se abrió y dejó correr una gota de chocolate que lo hizo ahogar. Tosió tanto que sentía que su pecho ardía y poco a poco se quedaba sin aire. De tanto toser, cayó de espalda dominado por fuertes los espasmos que reclamaban oxígeno.
¿Quien iba a creer que una gota ensalivada de chocolate le causaría una muerte tan ridícula?

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