Doña Gabriela luchaba noche tras noche contra unos molestos gatos que se amañaron en su tejado.
Corrían durante gran parte de la noche y no paraban de saltar de teja en teja.
Ella, cansada, solo podía lanzarles maldiciones y una que otra zapatilla para intentar espantarlos.
Mientras tanto en el tejado, los alegres gatos jugaban a quien atrapaba primero la teja que se movía.

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